Lunes de Pascua, hoy es un gran día de fiesta en Francia. La gente va y viene para visitar a los suyos, cruzan el país en cualquier dirección para reunirse con la familia. Los niños son los mayores agraciados de la casa, esperan ansiosos el día para salir a “cazar” huevos de chocolate que alguien ha escondido en el jardín o en cualquier lugar del hogar.
En la calle se percibe la desolación de un domingo francés pero llevada al extremo, cosa que ya de por sí parece difícil de creer. Los museos están cerrados, incluso las iglesias están cerradas. No hay dónde meterse, o casa, o calle.
Hoy sí que hace buen tiempo, lo cual invita a salir. Que sea un día de fiesta familiar no es motivo para encerrarse a cal y canto. Aunque supongo que en una gran ciudad siempre hay gente por la calle. Pero algo me dice que la mayoría no tenemos nada que celebrar, somos turistas. Personas condenadas a vagar, porque no hay nada más que hacer, pasear.
Por la tarde descubro un irreverente lugar. Uno de esos sitios que no perdonan tradiciones ni costumbres. Un espacio que vive a pesar de la fiesta, más bien que vive de la fiesta, de ser el único que se ha atrevido a mancillarla, destinado a atraer a todo aquel cansado de familia, sin techo como yo, o urgido, por imperiosa necesidad, de sus servicios. Un centro comercial.
Part Dieu es un gigante como cualquier otro de cualquier ciudad. Poseedor de una arquitectura medianamente atractiva y anodina, capaz de acoger en su seno a multitudes incapaces de pasear por algo tan excéntrico como la calle o un parque, o cantidades de personas que no pueden pasar sin comprar en festivo.
Y entro en él como uno más de esa masa humana, en mi caso justificado por las ganas de tomar un café ante la ausencia de establecimientos abiertos en el exterior. Pronto desisto de mi droga preferida en vista de la saturación del lugar.
En uno de esos cruces de pasillos, que viene a simular una plaza abierta a todos los niveles del edificio, encuentro una especie de gradería de madera, en el cual la gente se sienta a ver pasar la tarde del maravilloso lunes de Pascua. El estruendo es asombroso, difícil de encajar en la idea de la silenciosa Europa. Decido sentarme un ratito en un hueco que descubro, porque eso de pasear está muy bien, pero cuando llevas desde las diez de la mañana y ya son las cinco de la tarde, como que cansa un poco. Unos charlan, otros discuten, los niños corren, cuadrillas de adolescentes tontean, no es complicado saber quien le gusta a quien, los abuelos mantienen su tertulia que en un pasado se desarrollaba en un banco de una plaza, y la inmensa mayoría, abrumadora mayoría, pasa su tarde mirando una pantalla, grande o pequeña da igual, ajenos al ruido imperante, al mundo, al que tiene a lado, si están juntos o no lo desconozco, me resulta imposible saberlo.
Y me siento transgresor, distinto, porque se me acaba de ocurrir hacer algo para matar el tiempo mientras descanso, algo que nadie hace, que incluso alguno jamás hace ni hará. Miro para un lado, miro para el otro, no existo, soy ajeno a cualquier mirada. Abro mi mochila con sumo cuidado, meto la mano en ella, acaricio el objeto y me dispongo a sacarlo con delicadeza, como si tuviera entre mis manos un arma de destrucción masiva, algo que da mucho poder a quien lo posee, algo que muchos no saben para qué sirve. Un libro.