
Cuando tengo ocasión y el cartel me interesa, me gusta asistir a conciertos de música. Y si encima quien toca tiene algo que ver con aquella música y grupos que siempre me han gustado y han ido perfilando mi trayectoria vital, entonces disfruto como con pocas cosas.
Si encima la actuación se produce en mi ciudad natal o proximidades, me hace más gracia todavía. Allí puedo encontrar a personas que tengo perdidas de vista desde hace años, incluso décadas. Puedo ver a los impenitentes, a los que nunca se han perdido un concierto; a aquellos por los que parece que la vida no ha pasado y siguen viviendo en una permanente adolescencia aunque sus facciones y sus cuerpos hace décadas que denotan haberla abandonado; a los que parecían carne de cañón y sin embargo ahí siguen; a los que tienen los brazos pelados de tantas horas apoyados en la barra del bar; a los patéticos que se ponen sus mejores galas roqueras ya hayan pasado lustros desde su adquisición; a los ocasionales como yo, que arrastramos años pero rememoramos aquel tiempo y disfrutamos de ello por unas horas para luego volver a nuestro presente. Todo ello hace que disfrute de la música tanto como del espectáculo que se me ofrece a mi alrededor.
Y en ésas estábamos cuando lo vi entrar y pasar a mi lado. Evidentemente no me reconoció. No quiero pensar que esto signifique que mi imagen se haya convertido en el contrapunto de lo que fue, prefiero pensar que sigue siendo tan despistado como lo era antes. Aunque no puedo negar que si lo que recuerda de mí era una media melena, ahora sólo puede encontrar una cabeza despejada y limpia de toda sombra capilar.
Éramos amigos de la infancia. Una de esas amistades que nacen porque los padres se empeñan en juntar a los niños, no porque uno encuentre a otro en alguna faceta de la vida. Éramos lo que yo denominaría amigos impuestos. Compartimos los veranos en la piscina donde pasábamos los días, hasta bien entrada la adolescencia. No recuerdo que nuestra relación se basara en grandes conversaciones ni confidencias. Tan sólo éramos una especie de prolongación el uno del otro, una suerte de apéndice. En algún momento lo llegué a percibir como una sombra, algo que me perseguía en silencio y estaba allí donde yo estaba. Y confieso que en la preadolescencia pudo llegar a cargarme. Más tarde, como suele suceder, la vida nos fue separando con naturalidad y recuerdo como últimos coletazos de relación haber acudido juntos a algún que otro concierto. Luego vino el silencio y el olvido.
Y allí estaba él. Conservaba aquellos rasgos de niño que yo recordaba pero aderezados con la pátina de la cincuentena; no era muy alto, como nunca lo había sido; seguía siendo delgadito aunque marcara una mediana barriga, sin llegar a ser escandalosa, sí que tenía cierta prominencia en un cuerpo tan menudo; conservaba pelo sobre la cabeza amenazado por unas marcadas entradas; y se manifestaba como un adulto resuelto en contraste con el retraído niño que yo recordaba.
¿Hablarle? No, ¿para qué? Las palabras no iban a mejorar la magia del recuerdo, nos iban a convertir en dos señores patéticos recordando hazañas bélicas; o en dos personas que hacen un repaso acelerado de sus últimos treinta o cuarenta años sin que al otro le interese un ápice; o peor aún, en dos extraños que no tienen nada que decirse; o mucho peor todavía, encontrar un gilipollas enfrente.
No. Recordar por un momento el pasado es más que suficiente. Alegrarte porque el otro siga vivo y disfrute de salud, también.
Tuve el cariño del recuerdo y con eso basta.
No creo que nunca llegue a ser un héroe, ni falta que hace; pero si hubiera habido un incendio en aquella sala y hubiera podido salvar a alguien, hubiera ido a por él.