El primer día que fui a mi nuevo trabajo lo vi. Yo pasaba con mi coche por una nueva zona residencial por la que no recuerdo haber pasado antes. Y allí estaba, eran las 7’30 de la mañana de un día de julio que despuntaba caluroso, algo totalmente previsible en esas fechas en Tudela.
Vestía un traje blanco impoluto con chaleco y sombrero del mismo color; estaba sentado en una silla junto a un banco de madera delante de una cafetería. En su mano sostenía un puro y sonreía seguro de sí mismo, un tanto echado hacia atrás, con aires de suficiencia, de estar tranquilo, de no temer nada, si acaso una investigación de la Agencia Tributaria, pero ¿quién puede temer una investigación de Hacienda?
A partir de aquel día lo vi en todas las ocasiones que pasé por delante de la cafetería. Si el día estaba lluvioso, se sentaba pegado a la cristalera del local, junto a la puerta, cobijado bajo el pequeño alero del edificio; si era seco, junto al banco al borde de la acera viendo pasar la vida presurosa por la avenida. Como quiera que fuese, siempre le acompañaban esos aires chulescos que lo caracterizaban.
Y así sucedió todos los días hasta que terminé mi trabajo y abandoné la ciudad.
Supongo que allí seguirá, haga frío o calor, llueva o caiga un sol de justicia, siendo el hecho diferencial de un barrio moderno respecto a otro, lo que hace que sea distinto; porque no hay nada más parecido a una zona residencial que otra zona residencial. Y son casos como el suyo los que crean cultura, los que nos hacen recordar un lugar anodino con una sonrisa.
Hoy estará allí, viendo pasar los días sin ser consciente de ello, sin que nada afecte a su cerebro de fibra de vidrio.