
Esa tarde se me ocurrió que podía ser buena idea subirla a la ermita del pueblo, la del monte. Debía hacer mucho tiempo que no iba, según ella muchísimo, pero sus referencias temporales en aquel momento eran bastante poco seguras.
Al llegar arriba, le abrí la puerta, le tendí mi brazo para que pudiera bajar del coche, aceptó mi ofrecimiento, salió y miró en derredor suyo.
― Ese banco no estaba ahí antes ―afirmó con seguridad señalando al solitario banco de madera, colocado estratégicamente para poder disfrutar del horizonte ante el atardecer.
― No sé. Sé que lleva tiempo pero no sé si siempre ha estado ahí ―desconocía si las innumerables veces que subió en el pasado con mi padre, estaba o no. De lo único que estaba seguro era que su memoria no era muy fiable, aunque a veces me sorprendiera.
Se aferró a mi brazo y comenzamos un lento y titubeante caminar hacia la puerta de hierro de la capillita sobre aquel suelo pedregoso que convertía su paso en más inestable de lo habitual. La ayudé a subir el escalón y con las dos manos se sujetó a los barrotes que nos flanqueaban el paso.
― Hola, Virgencita ―saludó a la escultura que rompía con la austeridad del templo.
Me volví hacia ella y observé cómo miraba atenta el interior, como si la ocasión hubiera conseguido sacarla de su letargo, como si algo se hubiera despertado en su cabeza, en ese cerebro que confundía tiempos, personas y lugares.
― ¿Te acuerdas cuando venías aquí con tu marido? ―provoqué.
― ¡Hombre que si me acuerdo! ―respondió.
Supe que era cierto, que se acordaba de aquellos momentos, de él, de su pasado, de los tiempos felices, de cuando la vida era vida, de cuando era autónoma, de cuando se libraron de los hijos, de cuando se jubilaron, de los días de primavera en aquel monte, de pasear, de tomar el sol, de leer, de disfrutar, de vivir. La seguí mirando, con los ojos fijos en el fondo de aquel diminuto espacio cerrado, o tal vez clavados en algún lugar de su cabeza, allí donde se almacenan los lejanos recuerdos de épocas pretéritas, y sin desviar la vista, añadió ensoñadora:
― Mi marido…
Y en aquel instante mis ojos se humedecieron un poquito.