BELINDA

Un cuento

Día 13

No sé cuánto tiempo hace que estoy aquí. No importa. Nada importa.

Mi cabeza es un gran agujero negro, es el triángulo de las Bermudas, es una sima sin fin, es la puerta del infierno. Todo lo que llega aquí desaparece irremisiblemente. Siento el vacío, un profundo hondo en mi cerebro y en mi alma.

El hombre sigue hablando conmigo. No sé cuántas veces me han llevado ante su presencia. Es como un confesor, es paternalista, me pregunta cosas que no entiendo, me pregunta si duermo bien. ¡Tiene gracia la cosa! Yo nunca duermo.

No sé nada de Belinda. Desde que estoy aquí no sé nada de ella. Mejor. Debe ser que no se atreve a entrar aquí. Le deben de prohibir el acceso.

Aquí estoy en calma. Es lo único que percibo, una profunda calma.

Tengo miedo de irme de aquí. Tengo miedo de que me encuentre fuera. Sé que, tarde o temprano, me encontrará.

BELINDA

Un cuento

Día 12

Me despierto. Creo.

Todo ha sido un sueño. O no.

Tengo la cabeza pesada. Mi ritmo mental es lento, muy lento.

La habitación es fría, blanca, sin adornos. El sol entra por la ventana, me ciega, no puedo ver bien. Hay unas sombras verticales en la ventana, me pongo la mano a modo de visera para poder ver qué origina las sombras: son barrotes. Al otro lado de la estancia hay una puerta, está cerrada.

No sé dónde estoy. No sé cuánto tiempo llevo aquí. No sé cuando vine. No sé como llegué. No sé quién me trajo.

Todo es confuso, no puedo pensar con claridad.

Vienen imágenes a mi cabeza. Belinda…, papá…, mamá…, las ranas…, las ondas…, Silvia…, Alfredo…, unos hombres que no conozco…, dos me sujetan, otro se acerca…, una jeringuilla…, Silvia me mira con cara de pena, papá está triste, Alfredo serio…, sueño…, me entra sueño…, me voy…

Me siento en el suelo. Miro la esquina. No tengo ganas de nada, no puedo pensar. Belinda no está. Al menos ella no está.

Duermo…, despierto…, duermo de nuevo…

Belinda no está…, no está…

Pierdo la noción del tiempo. Debe ser de noche, no entra luz por la ventana. Alguien ha debido venir, hay comida sobre la mesa. No tengo hambre, vuelvo a dormir…

Me despiertan. Un hombre que no conozco me habla. No sé lo que dice. Estoy en otra habitación. Parece un despacho.

Otra vez estoy en el habitáculo de estos días. ¿Días? ¿Horas? ¿Meses? ¿Años?

Duermo… y Belinda ya no está. Pero estará.

Observo una araña, se pasea por la esquina del suelo, sube por la pared. Vuelvo a mirar al suelo, no hay nada, tres planos blancos que coinciden en un punto. Me relajan estos tres planos. No hay nada más. Mi cabeza está vacía.

Siento el vacío en mi interior. No sé quién soy, no me importa quién soy, no sé si soy. Simplemente estoy.

BELINDA

Un cuento

Día 11

Ha vuelto. No me ha dejado pegar ojo. No ha callado en toda la noche la hija de puta. Todo el rato repite lo mismo: que mamá está orgullosa de mi; que mamá dice que soy un ser único concebido para hacer algo grande; que se espera de mi algo genial; que no puedo defraudar a mamá; que qué dirá mamá si no hago algo mundialmente conocido.

Yo grito que se calle, que se vaya. ¡Qué sabrá ella de lo que quiere mamá! ¿Por qué mamá no me lo dice directamente? ¿Quién se cree ella para erigirse en portavoz de mamá? Me tapo la cabeza con la almohada y le grito para acallar su voz. Su pútrida voz. Su timbre de arpía. Su tono ronco y roto. ¡Grito más que ella! ¡Mucho más! Pero no consigo cubrir su repelente y odiosa voz.

Papá viene a verme. Belinda se esconde para que no la vea allí. No le digo nada de ella. A él también le grito; no sé porqué, pero le grito. Me dice que tranquilo, que ha sido una pesadilla, que duerma, que descanse. Me da una pastilla para que me relaje, para que duerma. Se va.

Belinda regresa, pero la pastilla ha conseguido relajarme. Sigue hablando, pero cada vez más flojito, ya casi es un susurro. Sigue hablando toda la noche y sus palabras penetran en mis sueños. No sé qué he soñado, no sé qué es real, pero permanece allí como un runrún.

Me despierto antes del amanecer. No está. O se ha quedado dormida. Aprovecho su ausencia para salir corriendo.

Me voy a Praga. Espero que aquí no me encuentre. Las ranas me protegerán. Las ondas de las piedras en el agua dispersarán su repelente voz y la alejarán del centro de mi vida en un movimiento ondulatorio infinito.

Las ranas callan. Al rato me saludan. Compruebo si aún soy capaz de ordenar a las piedras que fabriquen ondas. Sí, lo soy. Pero entonces las ranas callan.

Al rato aparece Belinda con su discurso podrido. ¡No! ¡No quiero oírla! ¡Ranas, cantad para acallarla! ―les grito―. Callan. Recurro a las piedras. Fabrican ondas, pero no consiguen silenciarla. Tiro más piedras, más y más y más… nada. Intento gritar, pero no me sale sonido alguno. Me echo boca abajo sobre el lodo, tapo mis orejas con mis manos, me quedo en silencio esperando un milagro, nada. Al rato las ranas comienzan a croar ¡por fin! Han venido en mi rescate. Pero Belinda sigue vomitando su discurso de mierda y el canto de mis amigas no la silencian, al contrario, poco a poco se va acompasando a su cadencia, al ritmo endemoniado de su mensaje. Las ranas me han traicionado, hacen los coros a Belinda. ¡¡¡No!!!

BELINDA

Un cuento

Día 10

Belinda me ha despertado. ¡No quiero oírla! Le gritaría pero no quiero que el viejo la vea aquí. Si se entera que estoy con ella monta una gorda. Al viejo no le gusta Belinda, no quiere ni oír hablar de ella; a mí tampoco me gusta, pero el hecho de que a mi padre no le guste, es un tanto a favor de ella.

Yo tampoco quiero oírla. Siempre viene con mensajes extraños. Belinda está celosa de todo el mundo y quiere ponerme a mal con todos. Le molesta mi don de gentes, mi afabilidad, quiere tenerme solo para ella y yo no quiero. Solo quiero que desaparezca de mi vida.

No voy al taller. Prefiero ir a Praga, allí le daré esquinazo, en el taller me encuentra, en Praga creo que no. Además las ranas están de mi parte y si viene y me habla croarán y croarán hasta fundir su asquerosa voz en el mundo del silencio.

Las ranas callan cuando llego. Yo creo que están expectantes de ver si voy solo o no. Al rato como ven que no llega nadie más, comienzan a cantar. Estoy seguro de que su potencia acallará la voz de Belinda si me encuentra aquí. Me siento seguro, las ranas son mis amigas, me protegen, yo las quiero, yo las cuido. Soy el señor de las ranas.

Por la tarde vuelvo más tranquilo. Llama por teléfono Silvia preocupada. Me dice que no puedo faltar más al taller, que si estoy bien, que porqué no he ido hoy tampoco, que quiere hablar con mi padre, que si no voy mañana vendrán a buscarme. Le digo que sí, que iré, que me dolía la cabeza. Cuelgo. Espero que el viejo no se haya enterado de nada; bueno, el viejo nunca se entera de nada. Mejor.

BELINDA

Un cuento

Día 9

Hoy no me levanto de la cama. Ayer Belinda no me encontró en la tienda de productos ecológicos pero si vuelvo al taller es posible que venga a verme. No quiero verla. Me mete ideas negativas en la cabeza.

Mi padre no ha dado por culo en toda la mañana. Debe pensar que estoy en el taller.

Por la tarde ha venido Alfredo para ver si estaba bien. Le digo que sí, que me dolía un poco la cabeza, pero que ya me encuentro mejor. Pregunta por mi padre, le digo que se ha marchado a casa de su hermana de visita; es mentira, pero qué más da. Alfredo es serio, pero se preocupa de mí. Es un punto a su favor. Me hace prometer que mañana iré porque de lo contrario vendrá él con los chicos a sacarme de la cama y sabe que eso no me hace gracia; no quiero ver a esa pandilla de degenerados pululando por aquí y que mi padre los vea. Le respondo que sí, que iré, que me dolía la cabeza. No sé si se lo cree, me da igual. Me dice que le diga a papá, cuando vuelva de excursión, que le gustaría hablar con él. Insisto en que sí para ver si se va de una vez el pelmazo este. Es buen tío pero empieza a cargarme. No pienso decirle nada al viejo; ya solo faltaba, que se meta en mis asuntos.

BELINDA

Un cuento

Día 8

El miedo se ha instalado en mi alma. No quiero encontrarme a Belinda. Me da miedo pensar que me puede encontrar en el taller, si ha sabido llegar una vez hasta allí…

Hoy es un día especial. Me han puesto con Laura y Silvia en la tienda de productos ecológicos. Yo creo que lo han hecho para que Belinda no me encuentre aquí.

Me gusta ir al colmado. Viene gente de todas partes a comprar y la mañana pasa más rápido. Yo me encargo de reponer lo que las otras van despachando.

Silvia es maravillosa, sirve para todo, sabe atender muy bien a los clientes. Laura intenta imitar a Silvia, resulta patética a lado de esta. Silvia le dice que lo hace muy bien y Laura se viene arriba. Yo creo que lo hace para ponerla contenta, pero seguro que sabe tan bien como yo que es patética.

A mí me gusta ver gente pero no hablar con ella. Si me dicen algo yo agacho la cabeza y sigo a lo mío. No es lo mismo ver gente que hablar con ella. Todo el mundo es impertinente. Prefiero que me vean trabajar y se deleiten con mi buen hacer. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, por eso no quiero hablar, yo soy la imagen. Imagen de un hombre diligente, fuerte, raudo, trabajador. Mi puesto es el más importante de todos. Sin mi presteza no hay producto que vender; si no hay producto que vender, la tienda de productos ecológicos cierra; si la tienda de productos ecológicos cierra, el taller no tiene sentido y cierra; si el taller cierra, me quedo sin trabajo, mis compañeros también; entonces seríamos la escoria de la tierra. Entonces Belinda se reiría de mí y yo no quiero que se ría de mí.

Hoy no me ha encontrado en la tienda. Eso está bien, pero tengo que estar alerta, no quiero que me encuentre, no quiero que me vea, no quiero que me hable.

BELINDA

Un cuento

Día 7

Hoy en el taller me he puesto de mala hostia. De repente ha aparecido Belinda a decirme no sé qué. No le he hecho caso. Me he tapado las orejas y he gritado para no oírla, para que se fuera. No quiero que venga al taller. No quiero que me hable. Quiero que desaparezca de mi vida. Si no está ella me siento bien. Creo que soy feliz. Sí, soy feliz con los chicos y con Silvia, hasta con Alfredo. Pero con Belinda, no. ¡No!

Silvia ha venido a consolarme. Me gusta que Silvia venga a consolarme. Me ha dado algo para que me tranquilizara. Ha funcionado.

BELINDA

Un cuento

Día 6

Ayer las ranas no estuvieron muy receptivas a mi música, no quisieron hacerme los coros. Espero que no estén conchabadas con mi padre. Lo mismo les pillé por sorpresa y se callaron para aprenderse la melodía.

Tengo ganas de que llegue la tarde para irme a Praga. A partir de ahora se llama así mi escondite; así, si alguien me dice que a dónde voy, le diré que a Praga y se quedará con un palmo de narices.

Se me hace larga la mañana. Solo quiero que pase el tiempo para irme a Praga. Así que trabajo sin hacer caso a nadie para que pase el tiempo más rápido. Laura me dice algo de quedar por la tarde. Hoy no puedo, así que no le hago caso. Otro día. Lo mismo le llevo a Praga un día.

Por fin llega la tarde y me voy a Praga. Como no llevo el violín mi viejo no me dice nada. Cuando llego las ranas se callan. Saco el violín de entre los matorrales, igual con la humedad de la noche se ha desafinado algo; no importa, la música conceptual no necesita afinación.

Empiezo a tocar. Las ranas callan.

BELINDA

Un cuento

Día 5

Hoy Laura le ha dado un bofetón a Marcos. Cuando estaba agachada le ha tocado el culo con una mano y con la otra se tocaba el paquete. Laura se ha incorporado, se ha vuelto y le ha metido una hostia que lo ha dejado vuelta al aire. Hacía tiempo que no me reía tanto. Santi se ha quedado con cara de pasmado, el caraescoba estaba mirando con detenimiento los tomates y no se ha enterado de nada y Amalia se ha reído como yo.

Amalia está celosa de Laura porque también le gusto, pero prefiero a Laura y eso Amalia lo sabe. Es que Amalia es muy cerda, cuando te descuidas se está comiendo los mocos. Parece que le gusta.

Silvia se ha enfadado mucho y ha echado a Marcos. No parece que le haya importado mucho, se ha dado la vuelta y se ha ido sonriendo. Hacía tiempo que no veía a Silvia tan enfadada. A Amalia y a mí también nos ha echado la bronca por reírnos y nos ha mandado a todos que siguiéramos trabajando, luego se ha ido a consolar a Laura.

Por la tarde cojo el violín y me voy a mi escondite. Mi padre me mira mal y me dice que a dónde voy. Le digo que a Praga y me largo. Mi padre contesta algo, no sé qué de romper el puto violín. Que ni se le ocurra. Por si acaso dejaré el violín allí, no creo que a las ranas les importe. ¡Puto viejo! No tiene ni idea de música conceptual.

BELINDA

Un cuento

Día 4

Mi padre está en su huerto. Se cree algo por tener un huerto, pero no lo lleva tan bien como nosotros. Nosotros somos profesionales, el no.

Paso de largo. Se pone la mano en la cabeza a modo de visera, me mira, dice algo. No sé lo que dice. No me interesa lo que dice.

Hoy he estado en el taller. Se ha liado una gorda. El caraescoba se ha puesto a coger tomates aún verdes. Alfredo le ha echado la bronca. Santi se ha reído. Alfredo le ha dicho que no está bien reírse, que él no es mucho mejor, que digamos, que Jorge. Jorge ha mirado con cara de odio a Santi. Seguro que se la guarda.

Ahora me voy a mi escondite. Aquí estoy bien. No hay nadie más. Nunca hay nadie. Solo se oye a las ranas que se callan cuando llego; pero si me quedo quieto y en silencio, vuelven a cantar. De vez en cuando, cuando quiero que se callen, tiro una piedra al agua. Esta fabrica ondas y las ondas acallan a las ranas. Tengo el poder de ordenar a las piedras que fabriquen ondas que acallen a las ranas. Tengo el poder sobre las piedras y sobre las ranas. Un día les daré un concierto a las ranas con mi violín, lo mismo consigo que canten mi música.

Mañana traeré el violín.