Hola de nuevo y feliz año. Por lo menos que sea un poquito mejor que el anterior, ya veis que el umbral de las expectativas no está muy alto.
Os voy a ir dejando poco a poco un nuevo relato. Espero que os guste.
¡Salud!

Día 1
Hoy Belinda no ha venido a despertarme. Hoy estoy contento.
Me siento en paz con el mundo, conmigo mismo. Tengo ganas de disfrutar de la vida, de aprovechar este magnífico día. Hace calor, pero no agobia.
Me levanto, no hay nadie en casa. Papá debe de estar en el huerto, o en su taller, o comprando, o tirándose a la vecina. ¡Ja, ja, ja! Qué cosas se me ocurren. A la señora Carmen hace años que ya nadie la mira. No sé si nunca nadie la habrá mirado. Nació soltera y morirá solterona.
Ahora bien, mi padre puede hacer lo que le dé la gana. Hasta tirársela. Por mí como si se la tira.
Cojo leche de la nevera y le pego un buen trago al cartón. No hay ni una puta madalena seca. Espero que el viejo se acuerde de comprar.
Me voy a mi escondite, es mío. Nadie sabe que estoy aquí, quizás Belinda, a ella no puedo ocultarle nada.
Tiro piedras a la charca y hacen ondas. Empiezan en la piedra y se van poco a poco, poco a poco… hasta que desaparecen. Es la cualidad oculta de las piedras: fabricar ondas. Nadie hasta ahora se ha dado cuenta, solo yo. La gente está muy atareada con sus trabajos, gilipolleces y mierdas como para preguntarle a una piedra sus cualidades. Todo el mundo corre de un lado para otro, todos tienen “cosas importantes” que hacer. Se dan el pegote de ser gente atareada que tiene asuntos más serios que preguntarle a una piedra por sus cualidades. ¡Inútiles! Son unos desgraciados que se están perdiendo la cara oculta del mundo, el sentido de la vida, el origen del universo.
Tampoco se fijan en mí. ¡Mejor! No necesito sus miradas, su compasión, su comprensión.
Solo Belinda se fija en mí y sin embargo no sé si me gusta.