BELINDA

Un cuento

Día 10

Belinda me ha despertado. ¡No quiero oírla! Le gritaría pero no quiero que el viejo la vea aquí. Si se entera que estoy con ella monta una gorda. Al viejo no le gusta Belinda, no quiere ni oír hablar de ella; a mí tampoco me gusta, pero el hecho de que a mi padre no le guste, es un tanto a favor de ella.

Yo tampoco quiero oírla. Siempre viene con mensajes extraños. Belinda está celosa de todo el mundo y quiere ponerme a mal con todos. Le molesta mi don de gentes, mi afabilidad, quiere tenerme solo para ella y yo no quiero. Solo quiero que desaparezca de mi vida.

No voy al taller. Prefiero ir a Praga, allí le daré esquinazo, en el taller me encuentra, en Praga creo que no. Además las ranas están de mi parte y si viene y me habla croarán y croarán hasta fundir su asquerosa voz en el mundo del silencio.

Las ranas callan cuando llego. Yo creo que están expectantes de ver si voy solo o no. Al rato como ven que no llega nadie más, comienzan a cantar. Estoy seguro de que su potencia acallará la voz de Belinda si me encuentra aquí. Me siento seguro, las ranas son mis amigas, me protegen, yo las quiero, yo las cuido. Soy el señor de las ranas.

Por la tarde vuelvo más tranquilo. Llama por teléfono Silvia preocupada. Me dice que no puedo faltar más al taller, que si estoy bien, que porqué no he ido hoy tampoco, que quiere hablar con mi padre, que si no voy mañana vendrán a buscarme. Le digo que sí, que iré, que me dolía la cabeza. Cuelgo. Espero que el viejo no se haya enterado de nada; bueno, el viejo nunca se entera de nada. Mejor.

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