
Día 11
Ha vuelto. No me ha dejado pegar ojo. No ha callado en toda la noche la hija de puta. Todo el rato repite lo mismo: que mamá está orgullosa de mi; que mamá dice que soy un ser único concebido para hacer algo grande; que se espera de mi algo genial; que no puedo defraudar a mamá; que qué dirá mamá si no hago algo mundialmente conocido.
Yo grito que se calle, que se vaya. ¡Qué sabrá ella de lo que quiere mamá! ¿Por qué mamá no me lo dice directamente? ¿Quién se cree ella para erigirse en portavoz de mamá? Me tapo la cabeza con la almohada y le grito para acallar su voz. Su pútrida voz. Su timbre de arpía. Su tono ronco y roto. ¡Grito más que ella! ¡Mucho más! Pero no consigo cubrir su repelente y odiosa voz.
Papá viene a verme. Belinda se esconde para que no la vea allí. No le digo nada de ella. A él también le grito; no sé porqué, pero le grito. Me dice que tranquilo, que ha sido una pesadilla, que duerma, que descanse. Me da una pastilla para que me relaje, para que duerma. Se va.
Belinda regresa, pero la pastilla ha conseguido relajarme. Sigue hablando, pero cada vez más flojito, ya casi es un susurro. Sigue hablando toda la noche y sus palabras penetran en mis sueños. No sé qué he soñado, no sé qué es real, pero permanece allí como un runrún.
Me despierto antes del amanecer. No está. O se ha quedado dormida. Aprovecho su ausencia para salir corriendo.
Me voy a Praga. Espero que aquí no me encuentre. Las ranas me protegerán. Las ondas de las piedras en el agua dispersarán su repelente voz y la alejarán del centro de mi vida en un movimiento ondulatorio infinito.
Las ranas callan. Al rato me saludan. Compruebo si aún soy capaz de ordenar a las piedras que fabriquen ondas. Sí, lo soy. Pero entonces las ranas callan.
Al rato aparece Belinda con su discurso podrido. ¡No! ¡No quiero oírla! ¡Ranas, cantad para acallarla! ―les grito―. Callan. Recurro a las piedras. Fabrican ondas, pero no consiguen silenciarla. Tiro más piedras, más y más y más… nada. Intento gritar, pero no me sale sonido alguno. Me echo boca abajo sobre el lodo, tapo mis orejas con mis manos, me quedo en silencio esperando un milagro, nada. Al rato las ranas comienzan a croar ¡por fin! Han venido en mi rescate. Pero Belinda sigue vomitando su discurso de mierda y el canto de mis amigas no la silencian, al contrario, poco a poco se va acompasando a su cadencia, al ritmo endemoniado de su mensaje. Las ranas me han traicionado, hacen los coros a Belinda. ¡¡¡No!!!