
Día 12
Me despierto. Creo.
Todo ha sido un sueño. O no.
Tengo la cabeza pesada. Mi ritmo mental es lento, muy lento.
La habitación es fría, blanca, sin adornos. El sol entra por la ventana, me ciega, no puedo ver bien. Hay unas sombras verticales en la ventana, me pongo la mano a modo de visera para poder ver qué origina las sombras: son barrotes. Al otro lado de la estancia hay una puerta, está cerrada.
No sé dónde estoy. No sé cuánto tiempo llevo aquí. No sé cuando vine. No sé como llegué. No sé quién me trajo.
Todo es confuso, no puedo pensar con claridad.
Vienen imágenes a mi cabeza. Belinda…, papá…, mamá…, las ranas…, las ondas…, Silvia…, Alfredo…, unos hombres que no conozco…, dos me sujetan, otro se acerca…, una jeringuilla…, Silvia me mira con cara de pena, papá está triste, Alfredo serio…, sueño…, me entra sueño…, me voy…
Me siento en el suelo. Miro la esquina. No tengo ganas de nada, no puedo pensar. Belinda no está. Al menos ella no está.
Duermo…, despierto…, duermo de nuevo…
Belinda no está…, no está…
Pierdo la noción del tiempo. Debe ser de noche, no entra luz por la ventana. Alguien ha debido venir, hay comida sobre la mesa. No tengo hambre, vuelvo a dormir…
Me despiertan. Un hombre que no conozco me habla. No sé lo que dice. Estoy en otra habitación. Parece un despacho.
Otra vez estoy en el habitáculo de estos días. ¿Días? ¿Horas? ¿Meses? ¿Años?
Duermo… y Belinda ya no está. Pero estará.
Observo una araña, se pasea por la esquina del suelo, sube por la pared. Vuelvo a mirar al suelo, no hay nada, tres planos blancos que coinciden en un punto. Me relajan estos tres planos. No hay nada más. Mi cabeza está vacía.
Siento el vacío en mi interior. No sé quién soy, no me importa quién soy, no sé si soy. Simplemente estoy.