BELINDA

Un cuento

Día 3

Mi padre me grita desde el pasillo. No quiere entrar en mi habitación. No hace falta que lo haga. Es mi habitación y no hace ni puta falta que esté aquí dentro. Pero capto el mensaje, es hora de que me levante. Es hora de ir a trabajar.

Es pronto pero no me cuesta levantarme. Nunca me cuesta levantarme. Nunca tengo sueño. Nunca duermo.

Salgo a la cocina, ni rastro del viejo. Hoy echo la leche en un tazón; no le gusta que beba del cartón, por eso lo hago. Ha comprado madalenas, me como dos.

Cojo un poco de jamón para el almuerzo, está seco, como el pan, hoy no ha comprado pan el puto viejo. No es capaz de hacer dos cosas bien, o compra madalenas o compra pan. Me cojo el que quedó de ayer.

Salgo a la calle. Voy a la parada del bus. Llega puntual como siempre. No conozco al conductor de hoy. Me dice buenos días. No contesto, total, para qué, mañana será otro distinto.

El gordo de Santi está en primera fila, comiendo como un cerdo, como siempre. Mueve la cabeza con su apestosa boca llena de pan, eso debe ser un saludo. No tiene ni educación ni modales. No respondo, para qué. A este sí que le veo todos los días, pero no merece la pena saludar a un gordo apestoso.

Laura está sola en el asiento, me pongo a su lado. A Laura le gusta que me ponga a su lado, creo que le gusto. A mí no sé si me gusta; bueno, sus enormes tetas, sí. Pero Laura mata la cabeza, habla y habla sin parar. Ella habla. No sé lo que dice. Yo le miro las tetas.

Hoy tenemos que arrancar malas hierbas y regar. Siempre hay que regar. En verano todos los días. Es bueno para las plantas.

Silvia hoy está con nosotros. Laura no sé si me gusta, pero Silvia, sí. Es buena conmigo, me enseña a hacerlo bien cuando no sé. Me gusta cuando coge mi azada y me enseña a manejarla, se pone a mi lado y huele bien. Silvia me da besos a menudo. Pero también se los da a Santi, el gordo, y a Laura y a Marcos, el cerdo, y al caraescoba de Jorge y a Amalia tragamocos. Es lo que no me gusta de Silvia, parece que quiere a todos tanto como a mí. Pero prefiero que esté Silvia que Alfredo. Alfredo no nos quiere y es duro, siempre está detrás dándome prisa. A veces pienso que me doy la vuelta y le clavo la azada en la cabeza para que se calle de una puta vez. Pero me echarían del taller. Y a mí me gusta el taller.

BELINDA

Un cuento

Día 2

Hoy me siento creativo. La diferencia de los días radica en lo que puedas crear o no. Un día que no generas algo nuevo es un día perdido y no todos los días tiene el cuerpo uno como para crear. El día que algo nace de ti es un día para la historia, para mi historia. Un día para marcar en rojo en el almanaque de la vida.

Hoy siento que las musas han venido a verme; quieren oír música, mi música. La que ellas me inspiran, la que mi cerebro canaliza a mis dedos y al arco. Son las lágrimas que mi violín llora las que conmueven el mundo.

Me voy a la colina de la música. En ella es donde las musas se sientan a mi alrededor para deleitarse con el sonido que produce el roce del arco con las cuerdas. El sonido aquí es libre, fluye y viaja sin obstáculo alguno. No hay objeto que lo frene, se expande hasta perderse en el infinito sobre las amarillas colinas colindantes. No hay nada más en kilómetros a la redonda: rocas grises y colinas amarillas bajo la bóveda del azul más intenso que haya visto nunca la tierra.

No hay espectadores que frenen mi creatividad. No hay público que marque el designio de mi arco con la expresión de su rostro.

Ocasionalmente pasa un zorro. Me mira en la distancia, vuelve su rostro indiferente y sigue su camino olisqueando el suelo.

Las bestias son inmunes al arte. Solo los humanos se conmueven con él. Y no todos. Mi padre, por ejemplo, no. Cuando me ve salir de casa con el violín me mira mal, a veces habla, pero no sé lo que dice, no le escucho, no merece la pena.

Mi padre es inmune al arte. Las bestias son inmunes al arte. Mi padre es una bestia.

BELINDA

Un cuento

Hola de nuevo y feliz año. Por lo menos que sea un poquito mejor que el anterior, ya veis que el umbral de las expectativas no está muy alto.

Os voy a ir dejando poco a poco un nuevo relato. Espero que os guste.

¡Salud!

Día 1

Hoy Belinda no ha venido a despertarme. Hoy estoy contento.

Me siento en paz con el mundo, conmigo mismo. Tengo ganas de disfrutar de la vida, de aprovechar este magnífico día. Hace calor, pero no agobia.

Me levanto, no hay nadie en casa. Papá debe de estar en el huerto, o en su taller, o comprando, o tirándose a la vecina. ¡Ja, ja, ja! Qué cosas se me ocurren. A la señora Carmen hace años que ya nadie la mira. No sé si nunca nadie la habrá mirado. Nació soltera y morirá solterona.

Ahora bien, mi padre puede hacer lo que le dé la gana. Hasta tirársela. Por mí como si se la tira.

Cojo leche de la nevera y le pego un buen trago al cartón. No hay ni una puta madalena seca. Espero que el viejo se acuerde de comprar.

Me voy a mi escondite, es mío. Nadie sabe que estoy aquí, quizás Belinda, a ella no puedo ocultarle nada.

Tiro piedras a la charca y hacen ondas. Empiezan en la piedra y se van poco a poco, poco a poco… hasta que desaparecen. Es la cualidad oculta de las piedras: fabricar ondas. Nadie hasta ahora se ha dado cuenta, solo yo. La gente está muy atareada con sus trabajos, gilipolleces y mierdas como para preguntarle a una piedra sus cualidades. Todo el mundo corre de un lado para otro, todos tienen “cosas importantes” que hacer. Se dan el pegote de ser gente atareada que tiene asuntos más serios que preguntarle a una piedra por sus cualidades. ¡Inútiles! Son unos desgraciados que se están perdiendo la cara oculta del mundo, el sentido de la vida, el origen del universo.

Tampoco se fijan en mí. ¡Mejor! No necesito sus miradas, su compasión, su comprensión.

Solo Belinda se fija en mí y sin embargo no sé si me gusta.