BELINDA

Un cuento

Día 2

Hoy me siento creativo. La diferencia de los días radica en lo que puedas crear o no. Un día que no generas algo nuevo es un día perdido y no todos los días tiene el cuerpo uno como para crear. El día que algo nace de ti es un día para la historia, para mi historia. Un día para marcar en rojo en el almanaque de la vida.

Hoy siento que las musas han venido a verme; quieren oír música, mi música. La que ellas me inspiran, la que mi cerebro canaliza a mis dedos y al arco. Son las lágrimas que mi violín llora las que conmueven el mundo.

Me voy a la colina de la música. En ella es donde las musas se sientan a mi alrededor para deleitarse con el sonido que produce el roce del arco con las cuerdas. El sonido aquí es libre, fluye y viaja sin obstáculo alguno. No hay objeto que lo frene, se expande hasta perderse en el infinito sobre las amarillas colinas colindantes. No hay nada más en kilómetros a la redonda: rocas grises y colinas amarillas bajo la bóveda del azul más intenso que haya visto nunca la tierra.

No hay espectadores que frenen mi creatividad. No hay público que marque el designio de mi arco con la expresión de su rostro.

Ocasionalmente pasa un zorro. Me mira en la distancia, vuelve su rostro indiferente y sigue su camino olisqueando el suelo.

Las bestias son inmunes al arte. Solo los humanos se conmueven con él. Y no todos. Mi padre, por ejemplo, no. Cuando me ve salir de casa con el violín me mira mal, a veces habla, pero no sé lo que dice, no le escucho, no merece la pena.

Mi padre es inmune al arte. Las bestias son inmunes al arte. Mi padre es una bestia.

BELINDA

Un cuento

Hola de nuevo y feliz año. Por lo menos que sea un poquito mejor que el anterior, ya veis que el umbral de las expectativas no está muy alto.

Os voy a ir dejando poco a poco un nuevo relato. Espero que os guste.

¡Salud!

Día 1

Hoy Belinda no ha venido a despertarme. Hoy estoy contento.

Me siento en paz con el mundo, conmigo mismo. Tengo ganas de disfrutar de la vida, de aprovechar este magnífico día. Hace calor, pero no agobia.

Me levanto, no hay nadie en casa. Papá debe de estar en el huerto, o en su taller, o comprando, o tirándose a la vecina. ¡Ja, ja, ja! Qué cosas se me ocurren. A la señora Carmen hace años que ya nadie la mira. No sé si nunca nadie la habrá mirado. Nació soltera y morirá solterona.

Ahora bien, mi padre puede hacer lo que le dé la gana. Hasta tirársela. Por mí como si se la tira.

Cojo leche de la nevera y le pego un buen trago al cartón. No hay ni una puta madalena seca. Espero que el viejo se acuerde de comprar.

Me voy a mi escondite, es mío. Nadie sabe que estoy aquí, quizás Belinda, a ella no puedo ocultarle nada.

Tiro piedras a la charca y hacen ondas. Empiezan en la piedra y se van poco a poco, poco a poco… hasta que desaparecen. Es la cualidad oculta de las piedras: fabricar ondas. Nadie hasta ahora se ha dado cuenta, solo yo. La gente está muy atareada con sus trabajos, gilipolleces y mierdas como para preguntarle a una piedra sus cualidades. Todo el mundo corre de un lado para otro, todos tienen “cosas importantes” que hacer. Se dan el pegote de ser gente atareada que tiene asuntos más serios que preguntarle a una piedra por sus cualidades. ¡Inútiles! Son unos desgraciados que se están perdiendo la cara oculta del mundo, el sentido de la vida, el origen del universo.

Tampoco se fijan en mí. ¡Mejor! No necesito sus miradas, su compasión, su comprensión.

Solo Belinda se fija en mí y sin embargo no sé si me gusta.

MI HUERTO

Un cuento

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Me he comprado un huerto. Es una parcela lo suficientemente grande para cultivar alguna cosilla sin tener que deslomarme, hacer una pequeña casa de recreo y holgazanear gustoso a la sombra de mis árboles.

Lleva varios años sin usar, así que lo primero que tengo que hacer es desbrozar y hacer inventario de lo que hay por aquí; entre otras cosas identificar los árboles. Como buen urbanita que soy, necesitaré ayuda para ponerle nombre a alguno de ellos.

Hay un grupo de pinos de gran porte, cinco exactamente, al lado del pequeño chabisque que hay al fondo. Un hermoso ejemplar de sombra que, para vergüenza mía, no sé qué es. Y una serie de árboles de mediano tamaño que deben ser frutales. Un cerezo, un ciruelo, tres almendros, un peral y eso tan pequeño al lado del peral parece un manzano.

Eso es, un enorme peral y un pequeño manzano de no más de metro y medio. El peral tiene una pera y el manzano está repleto de pequeñas manzanas.

―¡Vaya con el peral! Tan grande y hermoso y solo tiene una pera. ¿No le dará vergüenza?

―¿Perdona? ¿Pero quién te crees para venir a mi casa a insultarme?

―¡Huy! ―parece que me ha oído―. Disculpa, pero con tu tamaño dar solo una pera…

―Así, de entrada, ¿alguien te ha dado permiso para tutearme?

―Lo siento ―ahora solo falta que se me ponga este digno―, no quería importunarle.

―Eso está mejor. ―Sí que tiene aire digno, sí.

―Mire, señor peral, pero no lo entiendo. Usted con su tamaño y porte ¿solo da una pera? y este pequeño manzano está repleto…

―Ya estamos con la murga de siempre. ―Me da la impresión de que he tocado materia sensible y que esta conversación ya la ha tenido en el pasado― ¿Usted cree que es fácil hacer peras de esta calidad? ¿Le parece que la cantidad es mejor que la calidad?

―No, yo solo…

―Es que hablar y criticar es muy fácil. ¡Manzanas! Manzanas hace cualquiera, ¿pero, peras? Pruebe alguna manzana, pruebe y después me lo dice. A ver qué es mejor si una pera o una manzana.

―Pues si usted lo dice…

―Sí, yo lo digo.

Al final me he cogido una manzanita que, a decir verdad, ni fu ni fa. Ahora, eso sí, a ver quién es el guapo que se atreve a coger la pera.

 

A Diego H. S. «Chino», que la conversación la tuvo él.

 

 

Me aburro

Pintura

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Confinado como todo el mundo y lejos de «mis cosas», ayer me pasaron unos viejos lápices de colores Alpino, unos rotuladores y unos folios. Esto me ha dado vidilla; cualquier cosa, por ínfima y pequeña que sea, ahora es muy bien acogida. El listón de las necesidades está muy bajo.

JUEVES SANTO

Un cuento

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Es Jueves Santo.

Brilla el sol. Las carreteras están llenas, todo el mundo se desplaza de un lado a otro, da igual a dónde. Son las primeras vacaciones con buen tiempo y hay que aprovecharlas, buscar la playa, la montaña, el campo, el pueblo, la ciudad, otros países.

Disfrutar de las procesiones, con fe, con más folclore que fe, con cámara de fotos, con los ojos; aborrecerlas hasta la extenuación. Implorar para que mañana Viernes Santo no llueva y no se suspenda la más importante de todas; hacerlo para que se joda la mierda de procesión, traérsela al pairo las procesiones.

Así es Jueves Santo. O así era.

Quedarse en casa, mirar por la ventana y ver la calle vacía. Oír a los pájaros disfrutar de su libertad, en un canto que alberga recochineo y justicia poética al ser los amos y señores del exterior sin humanos que den por saco con sus ruidos y sus artefactos contaminantes.

Saber que hay gente con mayores preocupaciones que las tuyas; gente luchando entre la vida y la muerte; personas angustiadas viendo a los suyos debatirse entre los dos mundos; trabajadores que dan todo hasta la extenuación para intentar salvar esas vidas.

Los hay que están encerrados en pisos ínfimos, sintiendo que les falta espacio vital, que tienen que compartir más de lo que quisieran esos pocos metros. Hay a quien le sobran y desearía tener que compartirlos, al menos un poquito. Está quien no sabe cómo va a pagar el disfrute de esos metros. También quien posee muchísimos distribuidos en varias plantas, con jardín, con piscina, con garaje donde duermen varios cochazos; vehículos dispuestos a pavonearse sin pudor alguno por algún lugar concurrido y de moda, pero que se van a quedar a la espera de otro Jueves Santo.

Resignados que intentan llevar los días como mejor pueden. Encantados de no poder salir; irracionales, egoístas, insolidarios, descerebrados que van a salir de todas formas. Angustiados por su presente, por su futuro, por su salud, por la de los suyos. Adinerados que no comprenden que su fortuna vale ahora lo mismo que una mierda. Descubridores de nuevas ocupaciones, lectores, pintores, escritores, cantantes, músicos, informáticos de ocasión, habilidosos manuales, yoguis, deportistas de pasillo, jardineros de maceta, cocineros, ingeniosos de cuatro elementos, pensadores, observadores, ensoñadores, introspectivos, dormitadores, insomnes…

Sí, es Jueves Santo y el planeta al unísono ríe y disfruta de la calma que le ha proporcionado un bichito.

LA TRIBU

Un cuento

 

Tal vez sea algo ancestral, quizás lo llevemos en los genes, no sé si es debido a nuestra educación, en todo caso a la educación recibida generación tras generación, puede que no seamos conscientes de ello pero a pesar de nuestra “modernidad”, de nuestro estilo de vida, de nuestro orgullo de especie, seguimos siendo animales gregarios.

Una tarde cualquiera en un bar cualquiera. Es la hora de su café, se deleita con él en un inestable pulso que lo convierte en un líquido tembloroso con serio riesgo de terminar por la mesa o por su blusa en vez de en su boca. Entre traguito y traguito contempla la concurrencia, saluda sonriente, le devuelven el saludo, al fin y al cabo es la más anciana de todo el personal que en el pueblo acude allí a diario. Siempre es así.

Se acerca un muchacho con un bebé de días entre sus manos, se lo muestra y orgulloso dice «mire señora, es mi hijo», a ella se le ilumina la cara le sonríe y con su arrugada y temblorosa mano acaricia la manita del pequeño.  Se van.

No sé quién es, ella tampoco.

UN PUNTO DE FELICIDAD

Un cuento

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Un tren entre Poznan y Wroclaw, el silencio, ese extraño silencio para un español en un espacio lleno de gente, lo invade todo, tan sólo el rítmico traqueteo del tren lo rompe, en la ventanilla el vaho permite ver las gotas de agua correr por el cristal en un anticipado otoño polaco, ella dormita a su lado con la cabeza apoyada en su hombro, él lee apasionado una novela de Murakami, en un momento dado levanta la vista del libro y toma consciencia de todo lo anterior, deja caer la cabeza hasta tocar el respaldo y respira profundamente disfrutando del instante.

Un ratito de felicidad, uno de esos extraños momentos, vulgares momentos en los cuales sin saber porqué se siente pleno, tranquilo, a gusto consigo mismo, en armonía con el entorno y consciente de que ese instante es fugaz, pronto terminará y sólo habrá dejado un recuerdo bonito de algo que debía ser tan anodino como cualquier otro minuto de su vida, pero que sin embargo en esta ocasión perdurará en la memoria y cada vez que lo evoque, le hará esbozar una sonrisa interior.

LA ERMITA

Un cuento

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Esa tarde se me ocurrió que podía ser buena idea subirla a la ermita del pueblo, la del monte. Debía hacer mucho tiempo que no iba, según ella muchísimo, pero sus referencias temporales en aquel momento eran bastante poco seguras.

Al llegar arriba, le abrí la puerta, le tendí mi brazo para que pudiera bajar del coche, aceptó mi ofrecimiento, salió y miró en derredor suyo.

― Ese banco no estaba ahí antes ―afirmó con seguridad señalando al solitario banco de madera, colocado estratégicamente para poder disfrutar del horizonte ante el atardecer.

― No sé. Sé que lleva tiempo pero no sé si siempre ha estado ahí ―desconocía si las innumerables veces que subió en el pasado con mi padre, estaba o no. De lo único que estaba seguro era que su memoria no era muy fiable, aunque a veces me sorprendiera.

Se aferró a mi brazo y comenzamos un lento y titubeante caminar hacia la puerta de hierro de la capillita sobre aquel suelo pedregoso que convertía su paso en más inestable de lo habitual. La ayudé a subir el escalón y con las dos manos se sujetó a los barrotes que nos flanqueaban el paso.

― Hola, Virgencita ―saludó a la escultura que rompía con la austeridad del templo.

Me volví hacia ella y observé cómo miraba atenta el interior, como si la ocasión hubiera conseguido sacarla de su letargo, como si algo se hubiera despertado en su cabeza, en ese cerebro que confundía tiempos, personas y lugares.

― ¿Te acuerdas cuando venías aquí con tu marido? ―provoqué.

― ¡Hombre que si me acuerdo! ―respondió.

Supe que era cierto, que se acordaba de aquellos momentos, de él, de su pasado, de los tiempos felices, de cuando la vida era vida, de cuando era autónoma, de cuando se libraron de los hijos, de cuando se jubilaron, de los días de primavera en aquel monte, de pasear, de tomar el sol, de leer, de disfrutar, de vivir. La seguí mirando, con los ojos fijos en el fondo de aquel diminuto espacio cerrado, o tal vez clavados en algún lugar de su cabeza, allí donde se almacenan los lejanos recuerdos de épocas pretéritas, y sin desviar la vista, añadió ensoñadora:

― Mi marido…

Y en aquel instante mis ojos se humedecieron un poquito.

EL HOMBRE DEL TRAJE BLANCO

Un cuento

El primer día que fui a mi nuevo trabajo lo vi. Yo pasaba con mi coche por una nueva zona residencial por la que no recuerdo haber pasado antes. Y allí estaba, eran las 7’30 de la mañana de un día de julio que despuntaba caluroso, algo totalmente previsible en esas fechas en Tudela.

Vestía un traje blanco impoluto con chaleco y sombrero del mismo color; estaba sentado en una silla junto a un banco de madera delante de una cafetería. En su mano sostenía un puro y sonreía seguro de sí mismo, un tanto echado hacia atrás, con aires de suficiencia, de estar tranquilo, de no temer nada, si acaso una investigación de la Agencia Tributaria, pero ¿quién puede temer una investigación de Hacienda?

A partir de aquel día lo vi en todas las ocasiones que pasé por delante de la cafetería. Si el día estaba lluvioso, se sentaba pegado a la cristalera del local, junto a la puerta, cobijado bajo el pequeño alero del edificio; si era seco, junto al banco al borde de la acera viendo pasar la vida presurosa por la avenida. Como quiera que fuese, siempre le acompañaban esos aires chulescos que lo caracterizaban.

Y así sucedió todos los días hasta que terminé mi trabajo y abandoné la ciudad.

Supongo que allí seguirá, haga frío o calor, llueva o caiga un sol de justicia, siendo el hecho diferencial de un barrio moderno respecto a otro, lo que hace que sea distinto; porque no hay nada más parecido a una zona residencial que otra zona residencial. Y son casos como el suyo los que crean cultura, los que nos hacen recordar un lugar anodino con una sonrisa.

Hoy estará allí, viendo pasar los días sin ser consciente de ello, sin que nada afecte a su cerebro de fibra de vidrio.

PERO, ¿QUIÉN ERES?

Un cuento

 

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Subir al Moucherotte siempre es una excursión agradable, no muy larga, carente de dificultad, con moderada exigencia y brinda unas vistas sobre Grenoble impresionantes. Si además dispones de un domingo tonto, como son todos mis domingos aquí y la temperatura es bastante agradable; pues no se hable más.

Como la subida es corta, decido darle un poco de vidilla a mi paso, para hacerla un poco más deportiva.

Delante tengo un grupito, si acelero un poco los paso sin duda alguna enseguida. ¡Ánimo! Eso está hecho. Aunque justo en una de las rampas más fuertes.

Siempre hago igual, voy buscando pequeños incentivos para motivarme.

― Bonjour.

― Bonjour.

¡Buf! Ya los he adentrado. Ahora a mantener un poco el ritmo. Vuelvo la cabeza. Sí, se han quedado atrás.

¡Joder, como llevo el corazón! Esto sí que es latir. Se me va a salir por la boca. La respiración no es mala, pero las pulsaciones…

«Cliiiín»

¡Vaya! Una entrada de whatsapp, no pensaba que aquí hubiera cobertura.

Voy a tener que bajar el ritmo un poco, si no me va a dar algo. Mira por donde, miro el mensaje y así tengo excusa para parar un poco y bajar pulsaciones. A ver quién es.

« En breve voy a buscarte»

¡Ahí va! Ni idea, este número no está en mis contactos. Se habrá equivocado.

«Quién eres?»

«Nada, déjalo»

«Pero, quién eres?»

«Es igual»

«Qué es eso de venir a buscarme?»

«Nada, ya no»

«????»

«Has bajado el ritmo, te has recuperado. Otro día iré»

«No entiendo»

«Es igual, olvídate de mí»

Voy a ver su foto de perfil. ¡No hay nada! Un círculo negro. ¿Y el número? ¡Es rarísimo!

«QUIÉN ERES??»

«Olvídate de mí. Otro día…»

«Oye!!!»

«Adiós»

― ¿Pero qué mierda es ésta? ¿A ver? ¡Hostia! ¡Ha desaparecido el contacto y la conversación!

Me estoy planteando seriamente darme de baja de whatsapp.