Sé que me ha encontrado. Sé que me acecha. Me sigue a todas partes. No me habla, pero me observa. Me siento observado. Se ríe de mí. Debe pensar que soy un pobre hombre. No importa, debo ser más fuerte que ella.
No puedo hablar con nadie, no puedo ver a nadie, no puedo hacer nada que ella no observe. No quiero que controle mi vida.
Aún no me habla. Solo se ríe de mí. Pero un día me hablará.
No la soporto. Quiero que desaparezca de mi vida.
Voy a hacer que desaparezca de mi vida.
Estoy en el taller. Nadie me observa. Voy al cuarto de los aperos. En la pared está colgado el instrumental. Cojo una hoz, está bien afilada. Alfredo siempre tan diligente con las herramientas.
Han pasado semanas, creo, desde que volví al taller. He recuperado mis rutinas. Tan solo eso, rutinas.
No he vuelto a Praga. No me da la vida. No sé qué harán mis ranas, ni las piedras que fabrican ondas, no sé si mi violín seguirá allí. Me da igual.
No sé si Belinda estará allí. No ha venido a verme. No quiero que venga a verme. Pero sé que lo hará, un día lo hará y no sé como la recibiré. No quiero verla. No quiero oírla. Tengo miedo de verla, de que me hable, de sus mensajes.
Mi padre me despierta a la hora de siempre. Antes me despertaba solo, ahora, no. No duermo, pero tampoco me despierto.
El viejo ha preparado el desayuno. Me acompaña al taller.
Allí Alfredo sale a recibirme. Parece contento. Dice que todos me esperan.
Silvia está con todo el equipo: Santi, Laura, Marcos, Jorge y Amalia. Gritan, aplauden, sonríen. Silvia me da la bienvenida y un beso. Luego se abalanzan todos contra mí y me abrazan.
No sé qué tengo que hacer, sonrío de manera bobalicona, se supone que algo así tengo que hacer.
Hoy Alfredo me consiente que holgazanee un poco. Dice que ya me incorporaré poco a poco, que debo estar cansado. No sé si estoy cansado.
Santi suda como un cerdo, como lo que es; Amalia mira al infinito mientras su índice pugna con su nariz; Jorge observa los tomates; Marcos observa el culo de Laura; y Laura me observa a mí y me habla y no calla, me cuenta miles de cosas, no sé lo que dice.
Por la tarde volvemos a casa. Laura me acompaña, me propone quedar para pasear, tomar algo, ir al cine…, lo que sea. Le digo que estoy cansado, que otro día. Se va…, no muy convencida.
Pienso en ir a Praga. No me apetece. Estoy cansado. Realmente tengo miedo de encontrarme allí a Belinda.
El hombre del despacho dice que me manda para casa. Dice que estoy bien. Si él lo dice, será.
Estoy bien… Estoy bien…
Mi padre viene a buscarme. Parece que ha envejecido el hombre. Me lleva a casa. Hoy ha cocinado lo que me gusta, macarrones con tomate. No sé si me gustan los macarrones con tomate, él dice que sí. No me acuerdo.
Después me acuesto, tengo sueño. No duermo.
Dice que mañana me esperan en el taller. Pues bueno, pues vale. Mañana ya veremos…
No sé cuánto tiempo hace que estoy aquí. No importa. Nada importa.
Mi cabeza es un gran agujero negro, es el triángulo de las Bermudas, es una sima sin fin, es la puerta del infierno. Todo lo que llega aquí desaparece irremisiblemente. Siento el vacío, un profundo hondo en mi cerebro y en mi alma.
El hombre sigue hablando conmigo. No sé cuántas veces me han llevado ante su presencia. Es como un confesor, es paternalista, me pregunta cosas que no entiendo, me pregunta si duermo bien. ¡Tiene gracia la cosa! Yo nunca duermo.
No sé nada de Belinda. Desde que estoy aquí no sé nada de ella. Mejor. Debe ser que no se atreve a entrar aquí. Le deben de prohibir el acceso.
Aquí estoy en calma. Es lo único que percibo, una profunda calma.
Tengo miedo de irme de aquí. Tengo miedo de que me encuentre fuera. Sé que, tarde o temprano, me encontrará.
Tengo la cabeza pesada. Mi ritmo mental es lento, muy lento.
La habitación es fría, blanca, sin adornos. El sol entra por la ventana, me ciega, no puedo ver bien. Hay unas sombras verticales en la ventana, me pongo la mano a modo de visera para poder ver qué origina las sombras: son barrotes. Al otro lado de la estancia hay una puerta, está cerrada.
No sé dónde estoy. No sé cuánto tiempo llevo aquí. No sé cuando vine. No sé como llegué. No sé quién me trajo.
Todo es confuso, no puedo pensar con claridad.
Vienen imágenes a mi cabeza. Belinda…, papá…, mamá…, las ranas…, las ondas…, Silvia…, Alfredo…, unos hombres que no conozco…, dos me sujetan, otro se acerca…, una jeringuilla…, Silvia me mira con cara de pena, papá está triste, Alfredo serio…, sueño…, me entra sueño…, me voy…
Me siento en el suelo. Miro la esquina. No tengo ganas de nada, no puedo pensar. Belinda no está. Al menos ella no está.
Duermo…, despierto…, duermo de nuevo…
Belinda no está…, no está…
Pierdo la noción del tiempo. Debe ser de noche, no entra luz por la ventana. Alguien ha debido venir, hay comida sobre la mesa. No tengo hambre, vuelvo a dormir…
Me despiertan. Un hombre que no conozco me habla. No sé lo que dice. Estoy en otra habitación. Parece un despacho.
Otra vez estoy en el habitáculo de estos días. ¿Días? ¿Horas? ¿Meses? ¿Años?
Duermo… y Belinda ya no está. Pero estará.
Observo una araña, se pasea por la esquina del suelo, sube por la pared. Vuelvo a mirar al suelo, no hay nada, tres planos blancos que coinciden en un punto. Me relajan estos tres planos. No hay nada más. Mi cabeza está vacía.
Siento el vacío en mi interior. No sé quién soy, no me importa quién soy, no sé si soy. Simplemente estoy.
Ha vuelto. No me ha dejado pegar ojo. No ha callado en toda la noche la hija de puta. Todo el rato repite lo mismo: que mamá está orgullosa de mi; que mamá dice que soy un ser único concebido para hacer algo grande; que se espera de mi algo genial; que no puedo defraudar a mamá; que qué dirá mamá si no hago algo mundialmente conocido.
Yo grito que se calle, que se vaya. ¡Qué sabrá ella de lo que quiere mamá! ¿Por qué mamá no me lo dice directamente? ¿Quién se cree ella para erigirse en portavoz de mamá? Me tapo la cabeza con la almohada y le grito para acallar su voz. Su pútrida voz. Su timbre de arpía. Su tono ronco y roto. ¡Grito más que ella! ¡Mucho más! Pero no consigo cubrir su repelente y odiosa voz.
Papá viene a verme. Belinda se esconde para que no la vea allí. No le digo nada de ella. A él también le grito; no sé porqué, pero le grito. Me dice que tranquilo, que ha sido una pesadilla, que duerma, que descanse. Me da una pastilla para que me relaje, para que duerma. Se va.
Belinda regresa, pero la pastilla ha conseguido relajarme. Sigue hablando, pero cada vez más flojito, ya casi es un susurro. Sigue hablando toda la noche y sus palabras penetran en mis sueños. No sé qué he soñado, no sé qué es real, pero permanece allí como un runrún.
Me despierto antes del amanecer. No está. O se ha quedado dormida. Aprovecho su ausencia para salir corriendo.
Me voy a Praga. Espero que aquí no me encuentre. Las ranas me protegerán. Las ondas de las piedras en el agua dispersarán su repelente voz y la alejarán del centro de mi vida en un movimiento ondulatorio infinito.
Las ranas callan. Al rato me saludan. Compruebo si aún soy capaz de ordenar a las piedras que fabriquen ondas. Sí, lo soy. Pero entonces las ranas callan.
Al rato aparece Belinda con su discurso podrido. ¡No! ¡No quiero oírla! ¡Ranas, cantad para acallarla! ―les grito―. Callan. Recurro a las piedras. Fabrican ondas, pero no consiguen silenciarla. Tiro más piedras, más y más y más… nada. Intento gritar, pero no me sale sonido alguno. Me echo boca abajo sobre el lodo, tapo mis orejas con mis manos, me quedo en silencio esperando un milagro, nada. Al rato las ranas comienzan a croar ¡por fin! Han venido en mi rescate. Pero Belinda sigue vomitando su discurso de mierda y el canto de mis amigas no la silencian, al contrario, poco a poco se va acompasando a su cadencia, al ritmo endemoniado de su mensaje. Las ranas me han traicionado, hacen los coros a Belinda. ¡¡¡No!!!
Belinda me ha despertado. ¡No quiero oírla! Le gritaría pero no quiero que el viejo la vea aquí. Si se entera que estoy con ella monta una gorda. Al viejo no le gusta Belinda, no quiere ni oír hablar de ella; a mí tampoco me gusta, pero el hecho de que a mi padre no le guste, es un tanto a favor de ella.
Yo tampoco quiero oírla. Siempre viene con mensajes extraños. Belinda está celosa de todo el mundo y quiere ponerme a mal con todos. Le molesta mi don de gentes, mi afabilidad, quiere tenerme solo para ella y yo no quiero. Solo quiero que desaparezca de mi vida.
No voy al taller. Prefiero ir a Praga, allí le daré esquinazo, en el taller me encuentra, en Praga creo que no. Además las ranas están de mi parte y si viene y me habla croarán y croarán hasta fundir su asquerosa voz en el mundo del silencio.
Las ranas callan cuando llego. Yo creo que están expectantes de ver si voy solo o no. Al rato como ven que no llega nadie más, comienzan a cantar. Estoy seguro de que su potencia acallará la voz de Belinda si me encuentra aquí. Me siento seguro, las ranas son mis amigas, me protegen, yo las quiero, yo las cuido. Soy el señor de las ranas.
Por la tarde vuelvo más tranquilo. Llama por teléfono Silvia preocupada. Me dice que no puedo faltar más al taller, que si estoy bien, que porqué no he ido hoy tampoco, que quiere hablar con mi padre, que si no voy mañana vendrán a buscarme. Le digo que sí, que iré, que me dolía la cabeza. Cuelgo. Espero que el viejo no se haya enterado de nada; bueno, el viejo nunca se entera de nada. Mejor.
Hoy no me levanto de la cama. Ayer Belinda no me encontró en la tienda de productos ecológicos pero si vuelvo al taller es posible que venga a verme. No quiero verla. Me mete ideas negativas en la cabeza.
Mi padre no ha dado por culo en toda la mañana. Debe pensar que estoy en el taller.
Por la tarde ha venido Alfredo para ver si estaba bien. Le digo que sí, que me dolía un poco la cabeza, pero que ya me encuentro mejor. Pregunta por mi padre, le digo que se ha marchado a casa de su hermana de visita; es mentira, pero qué más da. Alfredo es serio, pero se preocupa de mí. Es un punto a su favor. Me hace prometer que mañana iré porque de lo contrario vendrá él con los chicos a sacarme de la cama y sabe que eso no me hace gracia; no quiero ver a esa pandilla de degenerados pululando por aquí y que mi padre los vea. Le respondo que sí, que iré, que me dolía la cabeza. No sé si se lo cree, me da igual. Me dice que le diga a papá, cuando vuelva de excursión, que le gustaría hablar con él. Insisto en que sí para ver si se va de una vez el pelmazo este. Es buen tío pero empieza a cargarme. No pienso decirle nada al viejo; ya solo faltaba, que se meta en mis asuntos.