LA TRIBU

Un cuento

 

Tal vez sea algo ancestral, quizás lo llevemos en los genes, no sé si es debido a nuestra educación, en todo caso a la educación recibida generación tras generación, puede que no seamos conscientes de ello pero a pesar de nuestra “modernidad”, de nuestro estilo de vida, de nuestro orgullo de especie, seguimos siendo animales gregarios.

Una tarde cualquiera en un bar cualquiera. Es la hora de su café, se deleita con él en un inestable pulso que lo convierte en un líquido tembloroso con serio riesgo de terminar por la mesa o por su blusa en vez de en su boca. Entre traguito y traguito contempla la concurrencia, saluda sonriente, le devuelven el saludo, al fin y al cabo es la más anciana de todo el personal que en el pueblo acude allí a diario. Siempre es así.

Se acerca un muchacho con un bebé de días entre sus manos, se lo muestra y orgulloso dice «mire señora, es mi hijo», a ella se le ilumina la cara le sonríe y con su arrugada y temblorosa mano acaricia la manita del pequeño.  Se van.

No sé quién es, ella tampoco.

UN PUNTO DE FELICIDAD

Un cuento

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Un tren entre Poznan y Wroclaw, el silencio, ese extraño silencio para un español en un espacio lleno de gente, lo invade todo, tan sólo el rítmico traqueteo del tren lo rompe, en la ventanilla el vaho permite ver las gotas de agua correr por el cristal en un anticipado otoño polaco, ella dormita a su lado con la cabeza apoyada en su hombro, él lee apasionado una novela de Murakami, en un momento dado levanta la vista del libro y toma consciencia de todo lo anterior, deja caer la cabeza hasta tocar el respaldo y respira profundamente disfrutando del instante.

Un ratito de felicidad, uno de esos extraños momentos, vulgares momentos en los cuales sin saber porqué se siente pleno, tranquilo, a gusto consigo mismo, en armonía con el entorno y consciente de que ese instante es fugaz, pronto terminará y sólo habrá dejado un recuerdo bonito de algo que debía ser tan anodino como cualquier otro minuto de su vida, pero que sin embargo en esta ocasión perdurará en la memoria y cada vez que lo evoque, le hará esbozar una sonrisa interior.

LA ERMITA

Un cuento

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Esa tarde se me ocurrió que podía ser buena idea subirla a la ermita del pueblo, la del monte. Debía hacer mucho tiempo que no iba, según ella muchísimo, pero sus referencias temporales en aquel momento eran bastante poco seguras.

Al llegar arriba, le abrí la puerta, le tendí mi brazo para que pudiera bajar del coche, aceptó mi ofrecimiento, salió y miró en derredor suyo.

― Ese banco no estaba ahí antes ―afirmó con seguridad señalando al solitario banco de madera, colocado estratégicamente para poder disfrutar del horizonte ante el atardecer.

― No sé. Sé que lleva tiempo pero no sé si siempre ha estado ahí ―desconocía si las innumerables veces que subió en el pasado con mi padre, estaba o no. De lo único que estaba seguro era que su memoria no era muy fiable, aunque a veces me sorprendiera.

Se aferró a mi brazo y comenzamos un lento y titubeante caminar hacia la puerta de hierro de la capillita sobre aquel suelo pedregoso que convertía su paso en más inestable de lo habitual. La ayudé a subir el escalón y con las dos manos se sujetó a los barrotes que nos flanqueaban el paso.

― Hola, Virgencita ―saludó a la escultura que rompía con la austeridad del templo.

Me volví hacia ella y observé cómo miraba atenta el interior, como si la ocasión hubiera conseguido sacarla de su letargo, como si algo se hubiera despertado en su cabeza, en ese cerebro que confundía tiempos, personas y lugares.

― ¿Te acuerdas cuando venías aquí con tu marido? ―provoqué.

― ¡Hombre que si me acuerdo! ―respondió.

Supe que era cierto, que se acordaba de aquellos momentos, de él, de su pasado, de los tiempos felices, de cuando la vida era vida, de cuando era autónoma, de cuando se libraron de los hijos, de cuando se jubilaron, de los días de primavera en aquel monte, de pasear, de tomar el sol, de leer, de disfrutar, de vivir. La seguí mirando, con los ojos fijos en el fondo de aquel diminuto espacio cerrado, o tal vez clavados en algún lugar de su cabeza, allí donde se almacenan los lejanos recuerdos de épocas pretéritas, y sin desviar la vista, añadió ensoñadora:

― Mi marido…

Y en aquel instante mis ojos se humedecieron un poquito.

EL HOMBRE DEL TRAJE BLANCO

Un cuento

El primer día que fui a mi nuevo trabajo lo vi. Yo pasaba con mi coche por una nueva zona residencial por la que no recuerdo haber pasado antes. Y allí estaba, eran las 7’30 de la mañana de un día de julio que despuntaba caluroso, algo totalmente previsible en esas fechas en Tudela.

Vestía un traje blanco impoluto con chaleco y sombrero del mismo color; estaba sentado en una silla junto a un banco de madera delante de una cafetería. En su mano sostenía un puro y sonreía seguro de sí mismo, un tanto echado hacia atrás, con aires de suficiencia, de estar tranquilo, de no temer nada, si acaso una investigación de la Agencia Tributaria, pero ¿quién puede temer una investigación de Hacienda?

A partir de aquel día lo vi en todas las ocasiones que pasé por delante de la cafetería. Si el día estaba lluvioso, se sentaba pegado a la cristalera del local, junto a la puerta, cobijado bajo el pequeño alero del edificio; si era seco, junto al banco al borde de la acera viendo pasar la vida presurosa por la avenida. Como quiera que fuese, siempre le acompañaban esos aires chulescos que lo caracterizaban.

Y así sucedió todos los días hasta que terminé mi trabajo y abandoné la ciudad.

Supongo que allí seguirá, haga frío o calor, llueva o caiga un sol de justicia, siendo el hecho diferencial de un barrio moderno respecto a otro, lo que hace que sea distinto; porque no hay nada más parecido a una zona residencial que otra zona residencial. Y son casos como el suyo los que crean cultura, los que nos hacen recordar un lugar anodino con una sonrisa.

Hoy estará allí, viendo pasar los días sin ser consciente de ello, sin que nada afecte a su cerebro de fibra de vidrio.

PERO, ¿QUIÉN ERES?

Un cuento

 

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Subir al Moucherotte siempre es una excursión agradable, no muy larga, carente de dificultad, con moderada exigencia y brinda unas vistas sobre Grenoble impresionantes. Si además dispones de un domingo tonto, como son todos mis domingos aquí y la temperatura es bastante agradable; pues no se hable más.

Como la subida es corta, decido darle un poco de vidilla a mi paso, para hacerla un poco más deportiva.

Delante tengo un grupito, si acelero un poco los paso sin duda alguna enseguida. ¡Ánimo! Eso está hecho. Aunque justo en una de las rampas más fuertes.

Siempre hago igual, voy buscando pequeños incentivos para motivarme.

― Bonjour.

― Bonjour.

¡Buf! Ya los he adentrado. Ahora a mantener un poco el ritmo. Vuelvo la cabeza. Sí, se han quedado atrás.

¡Joder, como llevo el corazón! Esto sí que es latir. Se me va a salir por la boca. La respiración no es mala, pero las pulsaciones…

«Cliiiín»

¡Vaya! Una entrada de whatsapp, no pensaba que aquí hubiera cobertura.

Voy a tener que bajar el ritmo un poco, si no me va a dar algo. Mira por donde, miro el mensaje y así tengo excusa para parar un poco y bajar pulsaciones. A ver quién es.

« En breve voy a buscarte»

¡Ahí va! Ni idea, este número no está en mis contactos. Se habrá equivocado.

«Quién eres?»

«Nada, déjalo»

«Pero, quién eres?»

«Es igual»

«Qué es eso de venir a buscarme?»

«Nada, ya no»

«????»

«Has bajado el ritmo, te has recuperado. Otro día iré»

«No entiendo»

«Es igual, olvídate de mí»

Voy a ver su foto de perfil. ¡No hay nada! Un círculo negro. ¿Y el número? ¡Es rarísimo!

«QUIÉN ERES??»

«Olvídate de mí. Otro día…»

«Oye!!!»

«Adiós»

― ¿Pero qué mierda es ésta? ¿A ver? ¡Hostia! ¡Ha desaparecido el contacto y la conversación!

Me estoy planteando seriamente darme de baja de whatsapp.

 

EL BANCO DE MADERA

Un cuento

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Cuando voy a verla, por la tarde, a esa indeterminada hora que en invierno es noche cerrada y en verano todavía hace bastante calor, salimos de paseo.

Aferrada a mi brazo, en un titubeante equilibrio, con plena confianza en que soy su sustento y no la voy a dejar caer; despacito, nos dirigimos a un bar. Allí nos sentamos en una mesa, ella toma su descafeinado, charla con cualquiera que por allí pase, ojeamos el periódico y al cabo de un buen rato, hacemos el camino a la inversa.

Al volver, justo al lado del portal de casa, hay un banco de madera perteneciente al gimnasio situado en el edificio contiguo. Supongo que lo tienen allí para que algún esforzado cliente salga un ratito a descansar mientras se toma una isotónica; supongo, porque al menos en todas las veces que yo aparezco por allí, nunca he visto a nadie sentado.

Pero ella sí, ella sí que lo usa.

Es una especie de tradición, sea invierno o verano, haga frío o calor hay que sentarse un poco en él. Tal vez la lluvia sea lo único que le impida hacerlo.

Allí toma aire y lo exhala de una manera que denota plenitud, sonríe y disfruta del momento; si pasa alguien la saluda, si pasa un coche se mira el vehículo y si nada de esto ocurre buscamos con la mirada alguna descarada salamandra que desde la casa de enfrente parece observarnos inquieta.

Y al cabo de unos pocos minutos, nos levantamos, recorremos los dos metros que nos separan de la puerta de casa y nos recogemos hasta otro día.

Era ayer que estábamos sentados en su banco y permanecía aferrada a mi brazo, sonriente, viendo pasar la vida con la tranquilidad de quien ya ni espera nada de ella ni le pide nada más. Y pensé que quizás hace setenta años se sentó en otro banco, con otro hombre, con el que comparto al menos el 50% de los genes y disfrutaron del momento, así, con sencillez, con plenitud.

Pero de eso ella no se acuerda.

UN SILENCIOSO REENCUENTRO

Un cuento

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Cuando tengo ocasión y el cartel me interesa, me gusta asistir a conciertos de música. Y si encima quien toca tiene algo que ver con aquella música y grupos que siempre me han gustado y han ido perfilando mi trayectoria vital, entonces disfruto como con pocas cosas.
Si encima la actuación se produce en mi ciudad natal o proximidades, me hace más gracia todavía. Allí puedo encontrar a personas que tengo perdidas de vista desde hace años, incluso décadas. Puedo ver a los impenitentes, a los que nunca se han perdido un concierto; a aquellos por los que parece que la vida no ha pasado y siguen viviendo en una permanente adolescencia aunque sus facciones y sus cuerpos hace décadas que denotan haberla abandonado; a los que parecían carne de cañón y sin embargo ahí siguen; a los que tienen los brazos pelados de tantas horas apoyados en la barra del bar; a los patéticos que se ponen sus mejores galas roqueras ya hayan pasado lustros desde su adquisición; a los ocasionales como yo, que arrastramos años pero rememoramos aquel tiempo y disfrutamos de ello por unas horas para luego volver a nuestro presente. Todo ello hace que disfrute de la música tanto como del espectáculo que se me ofrece a mi alrededor.
Y en ésas estábamos cuando lo vi entrar y pasar a mi lado. Evidentemente no me reconoció. No quiero pensar que esto signifique que mi imagen se haya convertido en el contrapunto de lo que fue, prefiero pensar que sigue siendo tan despistado como lo era antes. Aunque no puedo negar que si lo que recuerda de mí era una media melena, ahora sólo puede encontrar una cabeza despejada y limpia de toda sombra capilar.
Éramos amigos de la infancia. Una de esas amistades que nacen porque los padres se empeñan en juntar a los niños, no porque uno encuentre a otro en alguna faceta de la vida. Éramos lo que yo denominaría amigos impuestos. Compartimos los veranos en la piscina donde pasábamos los días, hasta bien entrada la adolescencia. No recuerdo que nuestra relación se basara en grandes conversaciones ni confidencias. Tan sólo éramos una especie de prolongación el uno del otro, una suerte de apéndice. En algún momento lo llegué a percibir como una sombra, algo que me perseguía en silencio y estaba allí donde yo estaba. Y confieso que en la preadolescencia pudo llegar a cargarme. Más tarde, como suele suceder, la vida nos fue separando con naturalidad y recuerdo como últimos coletazos de relación haber acudido juntos a algún que otro concierto. Luego vino el silencio y el olvido.
Y allí estaba él. Conservaba aquellos rasgos de niño que yo recordaba pero aderezados con la pátina de la cincuentena; no era muy alto, como nunca lo había sido; seguía siendo delgadito aunque marcara una mediana barriga, sin llegar a ser escandalosa, sí que tenía cierta prominencia en un cuerpo tan menudo; conservaba pelo sobre la cabeza amenazado por unas marcadas entradas; y se manifestaba como un adulto resuelto en contraste con el retraído niño que yo recordaba.
¿Hablarle? No, ¿para qué? Las palabras no iban a mejorar la magia del recuerdo, nos iban a convertir en dos señores patéticos recordando hazañas bélicas; o en dos personas que hacen un repaso acelerado de sus últimos treinta o cuarenta años sin que al otro le interese un ápice; o peor aún, en dos extraños que no tienen nada que decirse; o mucho peor todavía, encontrar un gilipollas enfrente.
No. Recordar por un momento el pasado es más que suficiente. Alegrarte porque el otro siga vivo y disfrute de salud, también.
Tuve el cariño del recuerdo y con eso basta.
No creo que nunca llegue a ser un héroe, ni falta que hace; pero si hubiera habido un incendio en aquella sala y hubiera podido salvar a alguien, hubiera ido a por él.

AUSCHWITZ. AYER, HOY Y MAÑANA.

Un cuento

Acabo de volver de visitar Auschwitz – Birkenau.

Ha habido tanto escrito, dicho, fotografiado, narrado, filmado sobre el tema y con tanto arte, emoción, precisión y sentimiento que si yo intentara hacer algo parecido, tan solo haría el ridículo además de no aportar nada nuevo a lo anterior. Así que no voy a sucumbir a la tentación de describir, contar, glosar qué es, qué he visto, qué me ha producido y para qué debería servir esto.

O tal vez sí, es posible que en este último punto sí que me detenga.

Lo que más me ha llamado la atención es de lo que es capaz de hacer la maquinaria de un país organizado, metódico y calculador puesta al servicio del mal. Esto es lo realmente aterrador y peligroso. Una nación potente dedicada al exterminio del que piensa distinto, habla distinto, reza distinto o es de distinto color. Y este es el mensaje final del mantenimiento del campo, de la visita, de los guías, de Polonia, de la humanidad: “Gracias por venir. Gracias porque con gente como vosotros la memoria de lo que aquí sucedió permanecerá y se transmitirá para que esto no vuelva a suceder”.

Y está muy bien y así tiene que ser y por eso estoy escribiendo estas líneas.

Pero no deja de rondarme la cabeza un extraño presentimiento. Y es que a pesar de ello, del esfuerzo y de la historia, no hemos aprendido nada.

Todos identificamos el mal, sin dificultad alguna, con lo que aquí sucedió, con lo que nos han contado y con los que regentaron esto, con su parafernalia militar, sus siniestros uniformes, sus brazaletes rojos, sus cruces… (Solo llamarlos por su nombre me produce sarpullido).

Pero en el momento que cambiamos de época, país, uniforme y tal vez un poco la metodología, tenemos dificultades para identificar el mal. El mal de querer acabar con el diferente, ya sea por nacionalismos, religión, cultura o raza.

Y es aquí donde afirmo que no hemos aprendido nada. Desde entonces lo hemos repetido constantemente, sin saltarnos ni una década, ni un continente.

Y soy consciente que mi memoria y mi conocimiento no da para mencionar todos pero ahí va un pequeño ensayo: España, URSS, Camboya, Vietnam, Corea, China, Birmania, Afganistán, Chile, Argentina, Perú, Bolivia, Nicaragua, Colombia, Ecuador, Ruanda, Angola, Zimbabue, Guinea, Camerún…, y ya más cerca a nosotros en el tiempo y en kilómetros: los Balcanes, Gaza, Libia, Siria…

Y los que un día fueron víctimas, otro se convierten en verdugos. Los emigrados olvidan que fueron acogidos y ya no quieren acoger…

Definitivamente, no. No hemos aprendido nada.

LUNES DE PASCUA

Un cuento

DSCN9541Lunes de Pascua, hoy es un gran día de fiesta en Francia. La gente va y viene para visitar a los suyos, cruzan el país en cualquier dirección para reunirse con la familia. Los niños son los mayores agraciados de la casa, esperan ansiosos el día para salir a “cazar” huevos de chocolate que alguien ha escondido en el jardín o en cualquier lugar del hogar.

 En la calle se percibe la desolación de un domingo francés pero llevada al extremo, cosa que ya de por sí parece difícil de creer. Los museos están cerrados, incluso las iglesias están cerradas. No hay dónde meterse, o casa, o calle.

Hoy sí que hace buen tiempo, lo cual invita a salir. Que sea un día de fiesta familiar no es motivo para encerrarse a cal y canto. Aunque supongo que en una gran ciudad siempre hay gente por la calle. Pero algo me dice que la mayoría no tenemos nada que celebrar, somos turistas. Personas condenadas a vagar, porque no hay nada más que hacer, pasear.

Por la tarde descubro un irreverente lugar. Uno de esos sitios que no perdonan tradiciones ni costumbres. Un espacio que vive a pesar de la fiesta, más bien que vive de la fiesta, de ser el único que se ha atrevido a mancillarla, destinado a atraer a todo aquel cansado de familia, sin techo como yo, o urgido, por imperiosa necesidad, de sus servicios. Un centro comercial.

Part Dieu es un gigante como cualquier otro de cualquier ciudad. Poseedor de una arquitectura medianamente atractiva y anodina, capaz de acoger en su seno a multitudes incapaces de pasear por algo tan excéntrico como la calle o un parque, o cantidades de personas que no pueden pasar sin comprar en festivo.

Y entro en él como uno más de esa masa humana, en mi caso justificado por las ganas de tomar un café ante la ausencia de establecimientos abiertos en el exterior. Pronto desisto de mi droga preferida en vista de la saturación del lugar.

En uno de esos cruces de pasillos, que viene a simular una plaza abierta a todos los niveles del edificio, encuentro una especie de gradería de madera, en el cual la gente se sienta a ver pasar la tarde del maravilloso lunes de Pascua. El estruendo es asombroso, difícil de encajar en la idea de la silenciosa Europa. Decido sentarme un ratito en un hueco que descubro, porque eso de pasear está muy bien, pero cuando llevas desde las diez de la mañana y ya son las cinco de la tarde, como que cansa un poco. Unos charlan, otros discuten, los niños corren, cuadrillas de adolescentes tontean, no es complicado saber quien le gusta a quien, los abuelos mantienen su tertulia que en un pasado se desarrollaba en un banco de una plaza, y la inmensa mayoría, abrumadora mayoría, pasa su tarde mirando una pantalla, grande o pequeña da igual, ajenos al ruido imperante, al mundo, al que tiene a lado, si están juntos o no lo desconozco, me resulta imposible saberlo.

Y me siento transgresor, distinto, porque se me acaba de ocurrir hacer algo para matar el tiempo mientras descanso, algo que nadie hace, que incluso alguno jamás hace ni hará. Miro para un lado, miro para el otro, no existo, soy ajeno a cualquier mirada. Abro mi mochila con sumo cuidado, meto la mano en ella, acaricio el objeto y me dispongo a sacarlo con delicadeza, como si tuviera entre mis manos un arma de destrucción masiva, algo que da mucho poder a quien lo posee, algo que muchos no saben para qué sirve. Un libro.